Medicina Antroposófica y Panmedicina. Parte II
REVISTA 3
Sergio Ariel Grines
El acto médico como pregunta viva
Sentí un gran alivio, cuando, mientras venía dando mis primeros pasos en la praxis médica antroposófica, escuché en una conferencia a una muy experimentada médica y referente, decir algo así como que no existe un criterio unívoco a la hora de prescribir. Al contrario, dejó abierta la posibilidad de ir ensayando en cada paciente caminos terapéuticos, o vías de acceso diferentes, a través de medicación y/o terapias antroposóficas.
Claro, esto operó como tranquilizante frente a la inevitable duda que surge en cualquier inicio de una disciplina diferente a la que estábamos acostumbrados. Sea que previamente utilizáramos medicina convencional, homeopatía, acupuntura o que esta fuera nuestra práctica inmediata post universidad, el encuentro con la Medicina Antroposófica tiene una magnitud tal que, precisamente por la cantidad y calidad de contenidos nuevos, nos transmite esa sensación de vértigo ante la vastedad de los nuevos saberes.
¿Estoy utilizando el o los medicamentos correctos? ¿Estoy construyendo la imagen terapéutica apropiada? ¿Comprendí lo que este paciente necesita? ¿Domino el vademécum de forma tal de no omitir la sustancia curativa para este caso?
A esto se suman las variables ya esbozadas en el apartado anterior y que versan alrededor de cómo me posiciono como médico tratante. ¿Soy un especialista más en el abanico de médicos a los que concurre el paciente? ¿Soy quien aborda los aspectos suprasensibles no reconocidos por la medicina actual? ¿Soy, por tener una escucha más amplia, aquel en quien el paciente deposita su confianza última?
Podría seguir abriendo y cerrando signos de pregunta indefinidamente. Y si repaso mis propios tiempos como médico antroposófico —desde mis inicios, en los que fui acompañado, pasando por los años subsiguientes de práctica, hasta este presente en el que tengo el privilegio de acompañar a colegas que comienzan—, advierto que ese signo de pregunta nunca termina de cerrarse del todo. En cada consulta, muchas de esas preguntas vuelven a abrirse.
Aunque impresione redundante, debo volver a la entrega anterior, en donde hice hincapié en que, de entre las meditaciones que Steiner nos legó a los médicos, vemos en la denominada Meditación del Calor**, las tres preguntas guía, que siguen a la pregunta madre inicial: ¿Cómo encuentro yo lo bueno? ¿Puedo yo pensar lo bueno? ¿Puedo yo sentir lo bueno? ¿Puedo yo querer lo bueno?
La respuesta que, por vía de la meditación, somos invitados a darnos, es negativa en el primer caso, insuficiente en el segundo y certera en el tercero.
Es en el ámbito de nuestra Voluntad donde encontramos lo bueno.
Claro, hablé anteriormente acerca de “vastedad de saberes”. Estos devienen lógicamente de una ciencia cuyo nombre se centra en el conocimiento, en la sabiduría, y por lo tanto, en el Pensar: Antropo-sofía.
¿Cómo comulgan en nosotros estos dos aspectos, el del conocimiento y el de la Voluntad?
Entiendo el acercamiento al primero como aquel al que dedicamos nuestras horas de estudio, reflexión, meditación, en la soledad de nuestro Pensar.
En la cabeza, nuestro Yo, solitario, encerrado, se encuentra con las leyes universales y los conocimientos terrenales. Paradigmas, arquetipos, axiomas, imágenes, números, polaridades.
Nos sumergimos en la parte para reencontrarnos con el Todo. Leemos, comparamos, comprendemos. Intentamos hacer propias aquellas certezas que nos resuenan como verdades.
Vamos en búsqueda de un pensar vivo, etérico, en movimiento. Elemento agua.
Sin embargo, el encuentro con lo bueno, siguiendo la Meditación del Calor, está en el otro polo, en donde reside la Voluntad: abdomen y miembros.
Al principio de organización geométrico-dinámico de la cabeza, que es esférico-concéntrico, aquel en el que nos encontramos con nosotros mismos en soledad, se le “opone” la organización radial de los miembros, en la que nos convertimos en rayos que parten desde nosotros.
Allí, desde nuestro centro hacia la periferia, el Yo diverge, se torna excéntrico, irradia.
Cada acto que realizamos (u omitimos) encuentra resonancia directa en el otro, el paciente.
Esa irradiación tiene, incluso, su huella en el lenguaje: la palabra experiencia viene del latín experientia, de experiri (“probar”, “poner a prueba”). Ex nos remite a un gesto “hacia afuera”, o mejor, “desde dentro hacia afuera”. Periri significa intentar, atravesar, arriesgarse.
Experimentado, siguiendo con este sentido, es “el que más ha salido a probar”.
No aquel que más sabe, conoce, ha estudiado, comprende, o tiene más años de recorrido.
Pareciera, siguiendo la Meditación del Calor, que es desde ese ámbito que surge nuestra irradiación, la cual, metabolismo mediante, está permeada de calor. Elemento fuego.
Algo de lo moral vive allí. Tal vez eso sea nuestra Voluntad de curar.
Esa voluntad de curar encuentra, tal vez, su mejor imagen en las bellas palabras con que Karl König se refirió a Ita Wegman:
“Ese espíritu de fraternidad que ella extendía a todas las personas, también fluía en su trabajo terapéutico. Este era extraordinario, pues ella, sin duda, fue la mejor médica que yo encontré. No piensen que ella era lista, ella era sabia. De una forma u otra, ella usaba de todo para curar: un medicamento, un masaje, una palabra importante, una mirada cariñosa, una pieza musical, un cuadro, un paseo por la naturaleza; ella usaba lo que tenía a disposición. [...] Ita Wegman reconocía el mismo espíritu de fraternidad en todo lo que era vivo, animado, espiritualizado — y lo usaba para curar.” ***
En las próximas entregas, desarrollaremos, a modo de integración, el ámbito del Sentir, así como aquello que inspiró el título: Panmedicina.
Continuará
Sergio Ariel Grines
Médico Antroposófico y Homeópata. Docente en los cursos de Formación Médico-Terapéutico Antroposóficos. Ex presidente de AMAA.
Referencias
**Meditación entregada por Rudolf Steiner en 1924, para asistir a médicos y terapeutas a “llegar a fuentes adicionales de fuerzas etéreas sanadoras”. (Frase entre comillas de Michaela Glöcker en el libro La “meditación-del-calor” de Peter Selg, Dorothea editorial, Buenos Aires, 2021)
***En “Eu Sou a favor de Progredir”, hitos biográficos de Ita Wegman, de Peter Selg, editora Joao de Barro, Sao Pablo, Brasil.
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