Medicina Antroposófica y Panmedicina

REVISTA 2

Sergio Grines

La alternativa de lo integrativo. 

Quienes tenemos varias décadas ejerciendo la Medicina no-convencional, hemos visto evolucionar la terminología que señala nuestro ejercicio. Lo que era “alternativo” devino en “complementario” hasta llegar a “integrativo”.

Detenernos en el lenguaje no viene mal, para observar verbalmente lo acontecido. Alternar (o ser “alternativo a”) es una cosa, complementar es otra; integrar, una muy diferente.

Elegido, en la actualidad, este último término como aquel que permite una relación de igual a igual, dialoguista y, por ahora, con “buena prensa” entre las Medicinas Holísticas y la Convencional, lo que vemos en el proceso es un progresivo ganar lugar y presencia valedera para nuestra manera de ejercer la Medicina.

Pero, como dicho término viene utilizándose de manera cada vez más frecuente, no podemos descartar que su uso se banalice en algún momento. Anhelo que no sea esto lo que acontezca, sino que, con el correr del tiempo, se realce el valor de la palabra.

Dependerá, seguramente, de variables que desconocemos. Algunas tendrán relación con nuestra propia tarea, otras con procesos sociales y culturales de la época.

Lo cierto es que “integrar” no es un proceso rígido sino dinámico y cambiante: “vos dale el antibiótico, que yo mejoro el terreno inmunológico”, podríamos decir, si nuestro diálogo fuera directo y amistoso. “La oncología intenta frenar, limitar o eliminar el crecimiento de tumores, mientras las medicinas holísticas trabajan en el terreno y mejoran el estado general del paciente”, sería el axioma en un ámbito más formal.

Ni uno ni el otro son ecuaciones exactas, y creo que esto es una ventaja, una necesidad. Nuestra Medicina se debilitaría enormemente si renunciamos a la investigación y el uso de terapéuticas que, por sí mismas, puedan eliminar infecciones o tumores. Asumirnos como “mejoradores de terreno” nos coloca en un lugar cómodo, amigable y conformista. Ya tenemos los elementos para lograr ese rol. Bienvenido sea que lo ejerzamos. Pero, insisto, resulta limitativo a la hora de pensar una Medicina en crecimiento y desarrollo.

Más bien, imagino un dinamismo permanente, que se da en lo individual del encuentro con cada paciente, y en donde no existen recetas preseteadas.

Es, en esa situación, que, con cierta cualidad artística, vamos incorporando recursos, en una especie de danza entre nuestros medicamentos o recursos no medicamentosos y aquellos que provienen de la ciencia convencional.

En la época de lo “alternativo”, ejercía yo como homeópata. Recuerdo esos tiempos como aquellos en los que el paciente me veía como aquel cuya tarea era administrar el mejor medicamento homeopático y enojarme si tomaba un antibiótico o calmante. Entraban al consultorio pidiendo disculpas de antemano, por la “herejía” cometida. Lo contrario también acontecía. Había una prohibición tácita en mencionar al médico de la prepaga u obra social, que estaban realizando en paralelo un tratamiento homeopático. Así se evitaban reprimendas o miradas despectivas.

Eso, como decía, ha cambiado, en general. Creo que, en esta época, nos toca resguardar otra cosa. Evitar que se diluya nuestra identidad médica, que es integradora-per-se y, como decía, no cejar en el esfuerzo investigativo y de praxis concreta, para que, cada vez más, podamos ampliar nuestras posibilidades de acción en el abordaje del paciente.

Sobre todo, reflexiono acerca de esto, en tiempos como los actuales, en donde la llegada de nuevos fármacos, como las terapias dirigidas y precisas (biológico monoclonales, inhibidores enzimáticos específicos, etc.), llevan a remisiones o a situación crónica en patologías antes consideradas incurables.

Creo que nos toca mantener viva la pregunta de nuestro rol, basado en la imagen ampliada del Ser Humano, en estas situaciones y en cada paciente en particular.

Es a eso a lo que me refería como “danza”, donde nuestro aporte terapéutico no pierda de vista el Todo.

¿Nos retiramos de la escena si el paciente mejora con un medicamento biológico de la artritis o colitis ulcerosa que lo acompaña desde hace décadas? ¿Sólo le damos algo para el hígado, apoyamos su vitalidad y lo derivamos a terapia artística o euritmia curativa?

¿Le recomendamos que no realice dicha terapia porque se están descuidando las “causas” suprasensibles de la patología y sólo se le ofrece una mejoría de la enfermedad física?

¿Renunciamos a trabajar en la imagen ampliada de la artritis y de la colitis, dado que “de eso se encarga el especialista alopático”?

Estas y otra infinidad de preguntas se nos agolpan cuando intentamos ayudar a nuestro paciente en el contexto médico actual.

La respuesta, según nos enseñó Steiner, será otra pregunta: “¿Cómo encuentro yo lo bueno?”

En esta última, y en el consecuente estudio y trabajo con la Meditación del Calor*, vive nuestra cotidiana e íntima respuesta médica interior.

Sergio Ariel Grines

Médico Antroposófico y Homeópata. Docente en los cursos de Formación Médico-Terapéutica Antroposófica. Ex presidente de AMAA. sergrines@yahoo.com.ar

*Meditación entregada por Rudolf Steiner en 1924, para asistir a médicos y terapeutas a "llegar a fuentes adicionales de fuerzas etéreas sanadoras". (Frase entre comillas de Michaela Glöcker en el libro La "meditación-del-calor" de Peter Selg, Dorothea editorial, Buenos Aires, 2021)

CONTINUARÁ...

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