Madonna Sixtina y Ciclo Cardíaco Humano. Una observación fenomenológica.
REVISTA 3
Diego Silva
Ella lo lleva al mundo: Él mira con pavor
hacia su horrorizada y caótica confusión,
hacia el correr de su nunca sanada insensatez,
hacia el sufrimiento de su nunca mitigado dolor.
Arthur Schopenhauer
“...los ojos de la Madonna son como los ojos de Rudolf Steiner. Recuerdo cómo algunas veces por debajo de esos párpados entornados, desde ese cálido color marrón de sus ojos, le llegaba a uno la mirada infinitamente bondadosa de una vida consagrada”
Eduard Lenz.
Entre 1512 y 1513, por encargo del papa Julio II, Rafael Sanzio pintó la Madonna Sixtina como retablo para la iglesia monástica de San Sisto, en Piacenza.
Iniciando sus septenios del alma racional, realiza una de las obras más discutidas y admiradas de la pintura.
No es objeto de este artículo acabar el análisis de esta obra, ya que extenso y riguroso se escribió sobre ella, pero si marcar los puntos más llamativos y también sutiles de la misma, que nos llevan a generar un vínculo interesante entre este cuadro y el ciclo cardíaco humano bajo una mirada fenomenológica.
La Madonna Sixtina fue concebida para ser contemplada y no solamente vista. No se pintó para un museo sino para ser colocada en un altar, donde se debía permitir al alma conducir lentamente la percepción. Rafael representa relaciones vivas, en íntima relación, en donde cada una de ellas no es en sí sino con la otra. El cuadro en su composición no impone ideas predefinidas sino que permite a quien lo contempla descubrir lo que su alma está dispuesta a descubrir en ese momento. Apela a lo que Platón dice: “toda belleza auténtica despierta en el alma un recuerdo”; recordamos la forma de la plenitud, la belleza siempre parece guardar un sentido nuevo, algo más allá de lo que se ve.
Rafael, como veremos más adelante, solo guía la mirada, a través de los colores, gestos y geometría de las formas. Para él es imposible concebir que su obra sea mirada desde afuera. La esencia de su pintura es Dios mismo y como escribe Nicolás de Cusa: “Dios nunca puede convertirse en un objeto que observamos desde afuera”. Es mandatorio que su obra abarque al espectador para que pueda completarse. Que lo abarque desde lo más profundo de su ser y definitivamente salga transformado de ella.
En su libro “Raffaels Sixtinische Maddona, Eine vision im dialog”, los autores describen maravillosamente las intenciones de Rafael de guiarnos por la experiencia pictórica, llevándonos de manera natural, a través de la armonía de la composición, por todos los elementos de la obra.


Los Putti, los ángeles inocentes en la base del cuadro, inician el recorrido de nuestra mirada, son el puente entre la pintura y el mundo, por donde uno entra a la obra y comienza a sentirla. Son seres inocentes, relajados, verdaderos niños que en su naturalidad llevan nuestros ojos hacia adentro, disponiéndonos a la experiencia. El ángulo que forma sus cabezas genera un embudo de entrada, que naturalmente lleva a Santa Bárbara, pero aquí, el genio de Rafael nos presenta a María, que se manifiesta como el centro dinámico de la obra; seguramente junto con el Niño, uno de los elementos más misteriosos del cuadro. Nuestros ojos son atraídos hacia su manto, y alejados de Santa Bárbara, que espacialmente se separa de María aún más que Sixto, sellando el destino de nuestra mirada en la Virgen. Como dije, María es el centro dinámico de la obra, no el geométrico, ya que da la sensación de que todo nace de ella y hacia ella todo vuelve. Se presenta majestuosa y perturbadora, no entronizada ni glorificada torpemente con elementos obvios. Se hace manifiesta entre nubes de No Nacidos (Innatales). No camina ni flota, pero se apoya en pasos celestiales sobre las nubes dando la sensación de que “de otra parte viene y se hace presente”, acercándose al espectador con una cercanía en movimiento. En la maravillosa mirada de María el cuadro comienza a generar tensión, y el alma de quien contempla se conmueve. Es una virgen joven que lleva a su niño hacia algo mucho más grande que ella. Y en su forma de mirar nos muestra “que está haciendo lo que debe hacer”, sosteniendo al Niño con firmeza, pero sin retenerlo, sólo portándolo; ofrece al mundo lo que más ama, sin dramatismo, con serenidad casi imposible; el Niño, con su expresión corporal, se orienta por sí mismo hacia su destino. En el libro “Innatalidad”, Peter Selg nos habla de la Virgen como “puente entre los no nacidos y el mundo”, y nos coloca a todos nosotros como objetos deseantes necesarios para que las almas se manifiesten en la tierra.
Aquí el cuadro nos muestra su máxima tensión, porque el ojo del contemplador se encuentra con los ojos del Cristo Niño. La mirada del Niño genera la máxima contracción interna del cuadro, porque no encontramos explicación a dicha expresión. Es una mirada profundísima que expresa conciencia despierta y una seguridad de hacia dónde se dirige, de lo que vino a hacer al mundo y sus consecuencias. Nos genera la tensión de la mirada de alguien elevadísimo en el cuerpo de un niño, un cuerpo que luego de contemplarlo un tiempo se empapa de esa mirada y nos revela una relajación tensa, llena de decisión y voluntad. Es portado en los brazos de su Madre, sí, pero él mismo se orienta conscientemente hacia su destino.
San Sixto, genuflexo ante María y el Niño, se presenta como elemento natural en el recorrido de la mirada. El rostro, que algunos dicen tiene un gran parecido con el del papa Julio II, muerto durante la realización de la pintura, contempla algo mucho más grande que él, pero demuestra el coraje de quedarse para presenciarlo, es amor activo, como opuesto complementario de Santa Bárbara. Con la mano izquierda en el corazón recibe lo que se le da y con la otra nos señala a nosotros, haciéndonos partícipes del cuadro mismo, siendo interpelados por él. Es evidente que no le marca un camino al Cristo, sino que, con una mano bifurcada, hacia nosotros y hacia adentro del cuadro, nos incluye en el Misterio. Abre un camino entre el interior de la pintura y nosotros, y lo pone en evidencia no solo con su mano sino con la postura de su cuerpo, que mira a María y se torsiona hacia nosotros.
Más allá aparece Santa Bárbara, junto con San Sixto, la otra mártir arquetípica cristiana. Ella con sus manos en el corazón, baja la mirada y nos da la sensación del más puro sobrecogimiento, ella transforma lo visto en vida interior, ella es amor pasivo. Refleja lo que su propia vida fue: una entrega al Cristianismo, desde el silencio de su aislamiento forzoso, no exigiendo nada hasta su final cruel en manos de Dióscoro.
Luego de Santa Bárbara volvemos distintos, y es imposible no recorrer el cuadro nuevamente ahora con otra mirada, somos otros, nos vamos transformando.
Toda la obra es un movimiento continuo, la composición no organiza solamente las figuras, sino también el movimiento interior del espectador, en zonas de tensión y relajación, en un fluir hacia adentro y fuera del cuadro. El corazón de quien ve se tensa y acelera y se relaja mientras discurre el camino trazado por Rafael.
La mirada recorre el cuadro, como la sangre recorre las cavidades cardíacas...
Aquí se nos plantea la pregunta justa: ¿los momentos de relajación y contracción en la pintura podrían correlacionarse fenomenológicamente con los momentos de relajación y contracción en un ciclo cardíaco humano?
Podemos hacer el intento.
Clásicamente podemos definir al ciclo cardíaco como el conjunto de eventos mecánicos, sonoros y de presión, relacionados con el flujo de sangre a través de las cavidades cardíacas, la contracción y relajación de cada una de ellas, el cierre y apertura de las válvulas y la producción de ruidos. La sangre deviene en las cavidades cardíacas y hace un recorrido a través de ellas, en donde se producen diferentes eventos de relajación y contracción, cambios de presión en las cavidades sin cambios de volúmen y aumentos bruscos de presión que eyectan la sangre desde el corazón.
Aquí presentamos un bucle presión-volumen del ventrículo izquierdo, modificado, en el que representamos esquemáticamente las cuatro fases del ciclo:


Ahora bien, bajo la premisa “La mirada recorre el cuadro, como la sangre recorre las cavidades cardíacas”, podemos decir que las curvas de presión/volumen pueden ponerse en correspondencia fenomenológica con el recorrido de relajación/tensión que nos regala el genio de Rafael con la Madonna Sixtina.


La sangre ingresa al ventrículo izquierdo a través de la válvula auriculoventricular, los Putti (1), que dúctiles reciben el contenido desde fuera del corazón, disponiendo sus cabezas en ángulo en forma de embudo abierto hacia María, que funciona como un amoroso ventrículo (2), en un centro dinámico, donde a ella todo llega y desde ella todo parte, como un canal contenedor perfecto, un puente entre lo que fue y será.
Aquí sucede un misterio maravilloso, la contracción isovolumétrica (2-3), gestada en la intensidad de la mirada del Hijo del Hombre y de su Madre, zona de máxima tensión pictórica. La contracción isovolumétrica es un milagro en sí mismo, donde la sangre que llena el ventrículo es sometida a aumentos de presión, sin que la cavidad cardíaca cambie de tamaño, los ojos de Cristo y María constriñen el alma de quien los contempla y es inevitable inspirar profundo y contener la respiración al verlos.
San Sixto propicia de ducto entre la tensión del Niño y su propio cuerpo, generando una sensación de receptáculo dinámico y transitorio que recibe de la Dupla Santa, con coraje, con la mano en el corazón, lo que se le da y torsiona el cuerpo como un tracto de salida ventricular hacia la aorta, que es su brazo.
Se nos presenta, ahora, el misterio esotérico más interesante del corazón: la Eterización de la sangre.
Si ensayáramos una localización imaginativa de este fenómeno ¿dónde la haríamos?
La eterización de la sangre, según Steiner, es el proceso espiritual interior mediante el cual la fuerza vital de la sangre se transforma en una sustancia etérica más elevada: “el corazón produce un movimiento material y otro etérico”. El vórtice de este acontecimiento, como hipótesis, pareciera ocurrir en el lugar de tránsito entre el ventrículo y su tracto de salida. Allí el corazón impresiona generar un "doble" del flujo de salida eyectivo, me refiero a una fuerza etérica, que asciende hacia la región superior del cuerpo y llega hasta la cabeza.
Por otro lado, según Steiner, desde el Misterio del Gólgota, la sangre eterizada de Cristo derramada, impregna el éter de la Tierra dando un nuevo Impulso Evolutivo a la Humanidad.
La Sangre de Cristo solo puede unirse a la sangre eterizada humana cuando el hombre participa conscientemente del Impulso de Cristo.
Desde esta perspectiva —no como una afirmación anatómica sino como una imagen fenomenológica— San Sixto parece señalar precisamente ese punto de encuentro. Su brazo no indica solamente una dirección sino que nos introduce en el cuadro. Su mano bifurcada abre un puente entre el Misterio que acontece en la pintura y quien la contempla. El espectador deja entonces de ser un observador externo para convertirse en partícipe de ese movimiento interior, como si Rafael insinuara que el verdadero recorrido de la sangre eterizada sólo puede completarse cuando encuentra un alma humana capaz de recibirlo.
El cuadro nos ofrece el Impulso de Cristo.
El espectador ofrece, desde su libertad, su propia interioridad para que ese impulso pueda encontrar un lugar donde actuar.
Los ojos del Hijo de la Humanidad no nos miran a nosotros, miran mas allá, fuera del cuadro, miran su destino en el Gólgota. Es un punto solitario donde solo Él se dirige y conoce. Rafael pareciera evocar el Misterio del Gólgota sin un solo trazo de la Cruz, solo miradas entrelazadas en un interjuego perfecto.
La contemplación deja entonces de ser un acto meramente estético para convertirse en una experiencia interior de participación. El cuadro parece no agotarse en sí mismo sino que encuentra su cumplimiento cuando el espectador responde libremente al movimiento que Rafael ha despertado en él.
El detalle de la mano bifurcada, hacia nosotros y hacia Santa Bárbara, nos muestra el camino de la sangre etérica hacia el mundo consciente y hacia Bárbara, la sangre física, que se encuentra con un nuevo misterio: la relajación isovolumétrica (5).
Aquí Santa Bárbara nos regala la paz del sobrecogimiento, de la pausa, de la mirada interior, es una mártir que entregó su vida aceptando su destino, la representante del amor pasivo en el cuadro. La relajación isovolumétrica nos da la posibilidad de prepararnos para lo nuevo, donde la pausa da el tiempo para el sentir y un nuevo comenzar. Distintos, transformados. Es el sobrecogerse para que la conciencia cardíaca se manifieste.
Luego de Santa Bárbara nada es lo mismo. Luego de la pausa entre el latir, no somos iguales.
Diego Silva
Médico Cardiólogo con Orientación Antroposófica.
Bibliografía.
-Schwaetzer, Harald; Hasler, Stefan; Filippi, Elena, Raffaels Sixtinische Madonna. Eine Vision im Dialog. Ed. Aschendorff Verlag.
-Selg, Peter, Innatalidad, La preexistencia del ser humano y el camino hacia el nacimiento. Ed. Dorothea.
-Spadaro, Giorgio, El Significado Esotérico de las Pinturas de Rafael. La Filosofía de la composición en La Disputa, La Escuela de Atenas, La Transfiguración. Ed. Idunn.
-Steiner, Rudolf, La Eterización de la Sangre, GA 130. Basilea 1 de octubre de 1911.
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